Aquí tienes una meditación guiada para fortalecer la autoestima y el amor propio. Puedes leerla en voz alta grabándote (con pausas tranquilas) o simplemente leerla lentamente mientras la sigues en silencio. Idealmente dura entre 10-15 minutos.
25 de febrero de 2026
Humus de Aguacate.
25 de febrero de 2026Hace mucho tiempo, en un pequeño pueblo rodeado de montañas antiguas, vivía una niña llamada Luna. Luna no era como los demás niños: mientras los otros jugaban a las canicas o corrían por los prados, ella pasaba las noches mirando el cielo, buscando patrones en las estrellas. Siempre sentía que algo invisible conectaba todo: las hojas de los árboles, las olas del río, las constelaciones lejanas.
Una tarde de otoño, mientras exploraba una cueva olvidada detrás del pueblo, Luna encontró un objeto extraño enterrado bajo musgo y piedras. Era un cristal perfecto, del tamaño de su mano, y en su interior brillaba una figura luminosa: trece esferas unidas por líneas rectas que formaban flores, estrellas y, en su centro, un cubo perfecto que parecía girar sin moverse. Al tocarlo, el cristal vibró y una voz suave resonó en su mente:
«Soy el Cubo de Metatrón, el mapa del universo. Guardián de la creación, contengo los secretos del equilibrio y la armonía. Quien me comprenda, comprenderá el todo».
Luna se asustó al principio y soltó el cristal, pero la curiosidad fue más fuerte. Esa noche, en su habitación, lo colocó sobre la mesa y cerró los ojos. De pronto, se vio transportada a un lugar sin tiempo ni espacio: un vasto vacío lleno de luz. Allí estaba Metatrón, un ser de alas inmensas hechas de geometría pura, con ojos como galaxias.
«El Cubo que has encontrado», dijo Metatrón, «es el plano con el que el Creador tejió el mundo. Cada esfera es un centro de energía, cada línea una conexión. Mira: de mí nacen las formas perfectas —la Flor de la Vida, el fruto de la vida— y dentro de ellas, el cubo que une cielo y tierra, espíritu y materia».
Luna vio cómo, al girar el cubo en su mente, se formaban los cinco sólidos platónicos: el tetraedro del fuego, el cubo de la tierra, el octaedro del aire, el icosaedro del agua y el dodecaedro del éter. Todo encajaba como un rompecabezas divino.
«Pero el mundo ha olvidado el equilibrio», continuó Metatrón. «Los humanos separan lo que debe estar unido: corazón y mente, persona y naturaleza, luz y oscuridad. Si no recuerdan la conexión, todo se desharmonizará».
Luna sintió una misión crecer en su pecho. «¿Qué debo hacer?» preguntó.
«Lleva el Cubo al corazón del pueblo. Muéstrales que todo está conectado. Pero cuidado: el miedo intentará romper las líneas».
Al amanecer, Luna regresó al pueblo con el cristal. Algunos vecinos se rieron, otros la miraron con desconfianza. El alcalde, un hombre que solo creía en lo que podía contar con monedas, quiso quitárselo. «Eso es brujería», gritó.
En ese momento, el cristal brilló con fuerza. Proyectó en el cielo la figura del Cubo de Metatrón, gigante y dorada. Todos alzaron la vista y, de pronto, sintieron algo nuevo: el aire más limpio, los colores más vivos, los corazones más ligeros. Vieron las líneas invisibles que unían a cada persona con las demás, con los árboles, con las estrellas.
El alcalde cayó de rodillas. «He vivido separado», murmuró. «Creía que solo importaba lo mío».
Desde aquel día, el pueblo cambió. Plantaron árboles en círculos perfectos, construyeron casas siguiendo las proporciones del Cubo, y cada noche se reunían a contemplar las estrellas, recordando que forman parte de un gran diseño.
Luna guardó el cristal, pero ya no lo necesitaba. El Cubo de Metatrón vivía ahora en su corazón y en el de todos. Y cuando alguien se sentía solo o perdido, ella solo decía:
«Mira alrededor. Todo está conectado. Solo hay que recordar las líneas».
Y así, la niña de las estrellas se convirtió en la guardiana del equilibrio, y el Cubo de Metatrón siguió brillando, invisible pero eterno, en el tejido mismo del universo.
Fin.

