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Había una vez un río llamado Lirio que corría siempre por el mismo camino. Nacía en las altas montañas, serpenteaba entre los mismos bosques verdes y desembocaba en el mismo valle ancho. Día tras día, año tras año, repetía su curso sin variación. Sus aguas eran claras y constantes, y él se sentía orgulloso de su permanencia.
«Yo soy eterno», se decía Lirio mientras pasaba bajo los mismos puentes de piedra. «Nada me obliga a cambiar. Los árboles pueden perder sus hojas, los animales pueden migrar, pero yo sigo siendo el mismo».
Los peces que vivían en él lo admiraban por su estabilidad. Los pájaros bebían de sus orillas confiados. Hasta los humanos habían construido sus pueblos siguiendo su curso inmutable.
Pero un día llegó una gran sequía. El sol abrasó la tierra durante meses. Las lluvias no vinieron. Poco a poco, las fuentes de las montañas se secaron. El caudal de Lirio empezó a menguar. Primero fue un hilo de agua, luego un murmullo débil. Los peces saltaban desesperados buscando profundidad. Los árboles de las orillas comenzaron a marchitarse. Los pueblos ribereños sufrían la sed.
Lirio sintió miedo por primera vez.
«¿Qué será de mí si desaparezco?», pensó. «He sido siempre igual y ahora todo se acaba».
En su lecho casi seco, Lirio oyó la voz de una vieja tortuga que vivía desde hacía siglos en una curva olvidada.
—Río Lirio —dijo la tortuga con voz lenta y profunda—, nada que no cambia permanece. La vida es movimiento. Si insistes en ser siempre el mismo, te convertirás en un recuerdo seco. Pero si aceptas cambiar, podrás renacer.
—¿Cambiar? —respondió Lirio con voz temblorosa—. ¿Y si al cambiar dejo de ser yo?
—Serás más tú que nunca —contestó la tortuga—. Porque serás el río que sobrevive.
Pasaron semanas. Lirio, casi reducido a un charco, tomó una decisión. En lugar de aferrarse al viejo camino, dejó que las pocas gotas que quedaban buscaran nuevas rutas. Se filtró por grietas desconocidas, rodeó rocas que antes ignoraba, descendió por pendientes que nunca había tocado.
Y entonces llegaron las lluvias.
El agua nueva no siguió el antiguo cauce. Inundó los nuevos senderos que Lirio había comenzado a trazar. El río renació más ancho, más profundo, con curvas inesperadas y pequeñas cascadas cantarinas. Regó tierras que antes eran áridas. Nuevos bosques brotaron en sus orillas. Los peces regresaron multiplicados. Los pueblos florecieron con huertos y molinos.
Lirio, ahora más grande y brillante que nunca, comprendió algo importante:
El cambio no te quita lo que eres. Te revela lo que puedes llegar a ser.
Y desde entonces, cada primavera, cuando las nieves de las montañas se derretían, Lirio celebraba el nuevo flujo, las nuevas vueltas, los nuevos paisajes. Porque había aprendido que la verdadera fuerza de un río no está en quedarse siempre igual, sino en saber transformarse para seguir fluyendo.
Y colorín colorado, este cuento sobre el cambio se ha acabado.

