
Programación Jueves 26
25 de marzo de 2026
Receta de Paté de Alcachofas con Anacardos y Crudités
25 de marzo de 2026Divan de David
Había una vez un hombre llamado Elías que vivía en un pueblo pequeño rodeado de montañas. Todos lo conocían porque, aunque era joven y fuerte, caminaba siempre encorvado, como si llevara un peso invisible sobre los hombros.
Cada mañana salía de su casa arrastrando algo que nadie más podía ver claramente: una jaula hecha de hierro oscuro. La jaula no era muy grande, pero pesaba tanto que sus pasos eran lentos y su respiración siempre agitada. Dentro de la jaula había algo que se movía, que gritaba a veces, que susurraba otras. Elías le hablaba a esa cosa constantemente:
—No te preocupes, yo te cuido. —No te dejaré salir, el mundo es peligroso. —Sin mí estarías perdido. —Eres lo único que realmente soy.
Los vecinos lo miraban con pena y murmuraban: “Pobre Elías, lleva años cargando esa jaula. Dicen que él mismo la construyó.”
Un día, mientras subía por el sendero empinado hacia la cima de la montaña más alta (porque creía que desde allí podría sentirse más seguro), se detuvo exhausto. La jaula pesaba más que nunca. Sudaba. Las piernas le temblaban. Por primera vez en muchos años se permitió hacer una pregunta que había evitado toda la vida:
—¿Y si la jaula… no me protege? —¿Y si la jaula… soy yo?
En ese instante de silencio absoluto, escuchó por primera vez una voz distinta dentro de sí. No era la voz chillona y asustada que vivía en la jaula. Era tranquila, vasta, como el viento que pasa entre los pinos sin pedir permiso.
La voz le dijo una sola frase:
—No eres el que lleva la jaula. Eres el espacio donde la jaula aparece.
Elías sintió un calor extraño subiendo por su pecho. Miró la jaula con nuevos ojos. Ya no parecía de hierro sólido. Parecía hecha de pensamientos repetidos, de miedos antiguos, de “debería”, de “no soy suficiente”, de “si me suelto me voy a romper”.
Entonces, sin pensarlo demasiado, extendió las manos hacia los barrotes.
No los rompió con fuerza. Simplemente los atravesó.
Los barrotes se deshicieron como humo al contacto con sus dedos. La cosa que estaba dentro —ese revoltijo de voces, culpas, comparaciones y defensas— se disolvió en el aire como si nunca hubiera tenido sustancia real.
Elías se quedó quieto. Esperaba caer, desmoronarse, desaparecer. Pero no pasó nada de eso.
En cambio, sintió por primera vez el aire tocándole la piel sin intermediarios. Escuchó el sonido del viento sin tener que comentarlo en su cabeza. Vio las montañas sin ponerles etiquetas de “mías” o “lejos”. Y por un instante eterno, no hubo nadie dentro de su cuerpo que necesitara defenderse, demostrar algo o temer el próximo segundo.
Se sentó en una piedra y lloró. No de tristeza, sino de alivio inmenso. Lloró como llora alguien que acaba de recordar que siempre ha estado respirando, aunque llevaba décadas creyendo que debía recordarse a sí mismo inhalar.
Cuando bajó al pueblo ya no arrastraba nada. Caminaba recto, liviano, casi sin hacer ruido. Los vecinos lo miraron extrañados.
—¿Qué pasó con tu jaula, Elías? —le preguntaron.
Él sonrió con una sonrisa que no necesitaba ser explicada.
—Seguí cargándola hasta que entendí que podía dejar de ser el que la carga.
Y desde ese día, cuando alguien le preguntaba cómo había logrado liberarse, él solo respondía con suavidad:
—No me liberé de algo. Simplemente dejé de creer que era alguien que necesitaba liberarse.
Y en esa no-creencia, todo lo que pesaba se volvió aire, y el aire resultó ser hogar.
Fin. 🕊️

