
AURORA BONDAI
4 de febrero de 2026Érase una vez un chico llamado Mateo que trabajaba en una tienda de reparación de bicicletas en un pueblo pequeño. No era especialmente guapo, ni torpe, ni brillante. Simplemente estaba ahí, arreglando radios torcidos y pinchazos, de lunes a sábado.
Un día llegó una clienta nueva, Laura, con una bici de montaña que parecía haber bajado una montaña de verdad: el cuadro rayado, la cadena oxidada, las ruedas desinfladas. Mientras Mateo la revisaba, ella se quedó mirando cómo trabajaba, sin decir mucho. Al cabo de un rato comentó:
—Qué paciencia tienes. Yo la habría tirado directamente.
Mateo se encogió de hombros.
—No está tan mal. Solo necesita que alguien se tome la molestia.
Reparó la bici en dos tardes. Cuando Laura vino a recogerla, la probó en la calle y volvió sonriendo.
—Va mejor que nueva. ¿Cuánto te debo?
Mateo le dijo el precio, que era justo, ni caro ni barato. Ella pagó y, antes de irse, añadió:
—¿Sabes? Me da envidia cómo manejas las cosas rotas sin enfadarte.
Mateo no supo qué responder. Se quedó pensando en eso toda la semana.
Los siguientes meses, Laura empezó a pasar más a menudo. A veces traía la bici aunque no le pasaba nada, solo para charlar un rato. Hablaban de rutas, de herramientas, de lluvia que estropea los frenos. Mateo notaba que se sentía a gusto con ella, pero también notaba otra cosa: cada vez que ella decía algo bueno sobre su trabajo, él lo recibía con una mezcla de alegría y desconfianza. Como si no terminara de creérselo.
Una tarde de otoño, después de cerrar la tienda, Laura lo invitó a tomar algo en el bar de la plaza. Allí, entre cañas y aceitunas, ella le preguntó de pronto:
—¿Tú te gustas, Mateo?
Él se rio, incómodo.
—¿Qué clase de pregunta es esa?
—La que me hago yo a veces —dijo ella—. Y no siempre sé la respuesta.
Mateo se quedó callado. Miró el vaso, las burbujas subiendo.
—No lo sé —admitió al fin—. Supongo que voy tirando. No me odio, pero tampoco me aplaudo.
Laura asintió como si eso tuviera sentido.
—A mí me pasa igual. Hay días que me miro y pienso: «Bueno, no estás tan mal». Otros días me veo un desastre y quiero esconderme. Pero desde que traigo la bici aquí, veo cómo tratas las cosas estropeadas. Las arreglas sin juzgarlas. Y pienso: ojalá me tratara yo así a mí misma.
Mateo la miró. No era una gran declaración, ni un discurso motivador. Solo una frase dicha con naturalidad, como quien comenta el tiempo.
Desde entonces, algo cambió despacio. No fue que Mateo se despertara un día sintiéndose invencible. Siguió siendo el mismo: callado, con sus dudas, con días malos en los que se sentía invisible. Pero empezó a repararse un poco, como hacía con las bicis. Sin prisa. Ajustando una pieza aquí, limpiando otra allá.
Un día, meses después, Laura llegó con una bici nueva, brillante, sin un rasguño.
—¿Ya no necesitas que te arregle nada? —preguntó Mateo, medio en broma.
—Esta vez no —respondió ella—. He venido a ver si quieres salir a rodar el domingo. Sin averías.
Mateo sonrió. Una sonrisa pequeña, sincera.
—Vale. Pero si pinchas, no me eches la culpa.
Salieron el domingo. Y muchos domingos después. Ninguno de los dos se convirtió en otra persona. Solo aprendieron, poco a poco, que no hace falta estar perfecto para merecer que alguien se tome la molestia.
Y así siguieron, rodando por caminos irregulares, con sus imperfecciones a cuestas, pero yendo hacia adelante.

