
AURORA BONDAI
21 de enero de 2026
EL PESO DEL ALMA
21 de enero de 2026Érase una vez una mujer llamada Clara que trabajaba en una pequeña imprenta en las afueras de una ciudad mediana. Llevaba allí doce años, encuadernando libros a mano, ajustando prensas antiguas y corrigiendo pruebas que nadie más quería tocar. No era un trabajo que nadie soñara de niño, pero le permitía pagar el alquiler y enviar algo de dinero a su madre, que vivía lejos.
Un martes de octubre, el dueño anunció que la imprenta cerraría en tres meses. La mayoría de los pedidos se habían mudado a plataformas digitales; imprimir en papel ya no era rentable. Clara escuchó la noticia en silencio, como los demás, y siguió trabajando hasta la hora de salida.
Al día siguiente, en lugar de buscar otro empleo similar —que sabía que eran escasos y peor pagados—, Clara empezó a hacer algo que nunca había hecho: observar con atención lo que sí funcionaba alrededor. Notó que muchas editoriales independientes seguían necesitando ediciones cortas, cuidadas, para ferias y presentaciones. Notó también que los diseñadores jóvenes que conocía de redes sociales se quejaban constantemente de lo difícil que era encontrar quien imprimiera prototipos de libros objeto, con encuadernaciones raras, texturas especiales o formatos extraños.
Clara no tenía ahorros ni contactos importantes. Lo que sí tenía era acceso temporal a las máquinas de la imprenta (el dueño, agradecido por sus años de puntualidad, le permitió usar el taller fuera de horario mientras durara el cierre). También tenía una habilidad que había desarrollado sin darse cuenta: sabía exactamente cuánto podía exigirle a cada máquina antes de que se atascara, cómo mezclar tintas para que no se corrieran en papeles reciclados baratos y cómo cortar y coser a mano sin dejar marcas.
Durante las noches, empezó a imprimir pruebas. No eran bonitas al principio: los márgenes bailaban, los colores se corrían. Falló tanto que llenó dos cajas de cartón con desperdicios. Pero cada error le enseñaba algo concreto: que una prensa Heidelberg de 1972 necesitaba exactamente 42 segundos de calentamiento para no manchar el negro, que el hilo de lino aguantaba mejor la tensión si se humedecía ligeramente antes de coser.
Un día colgó fotos de sus primeros libros decentes en una red social poco conocida entre diseñadores gráficos. No escribió frases motivadoras ni pidió ayuda. Solo puso las fotos y los detalles técnicos: tipo de papel, gramaje, tiempo de secado. Alguien compartió el post. Luego otro. Una editorial pequeña le pidió presupuesto para una tirada de cien ejemplares de poesía con cubiertas troqueladas. Clara calculó mal y perdió dinero en ese primer encargo, pero aprendió a cobrar por horas de prueba y error, no solo por el producto final.
Meses después, cuando la imprenta cerró definitivamente, Clara ya tenía cuatro clientes fijos y una lista de espera. Alquiló un local más pequeño, compró dos máquinas de segunda mano que conocía mejor que sus antiguos dueños y contrató a una sola persona: la operaria más joven de la antigua imprenta, que tampoco había encontrado trabajo.
No hubo gran revelación, ni discurso inspirador, ni aplausos. Solo el ruido constante de las prensas, el olor a tinta fresca y la certeza tranquila de que había convertido algo que sabía hacer bien en algo que otros necesitaban. Clara siguió trabajando, como siempre, pero ahora el taller llevaba su nombre en la puerta y las facturas llegaban a fin de mes sin sobresaltos.
Y así continuó, sin fanfarria, durante muchos años más.

